La octava maravilla

Publicado: 21/11/2010 en Futbol

ESPAÑA

Messi festeja su gol número 100 en el Barsa y la goleada del equipo al Almería. // Foto: AP.

Messi festeja su gol número 100 en el Barsa y la goleada del equipo al Almería.

Leo es un monumento al fútbol. A días de ganarle el clásico a Brasil, metió tres en la paliza por 8-0 del Barcelona sobre el Almería. La Pulga llega a punto caramelo justo cuando se viene el derby con el Real.

Juan Manuel Lillo dio ayer su última charla técnica. Por los primeros 30 segundos del Almería, parecía un discípulo de Mourinho. El problema fueron los 89 minutos restantes. Ahora tendrá tiempo libre para charlar con sus hijos, para explicarle que el mundo antiguo acunó las siete maravillas y que a él lo dejó sin trabajo la octava, que es bien moderna, que la dirige un amigo suyo. Podrá hacer un repaso: La Gran Pirámide de Guiza, Los Jardines Colgantes de Babilonia, El templo de Artemisa, La Estatua de Zeus en Olimpia, La Tumba del rey Mausolo, El Coloso de Rodas y El Faro de Alejandría. Aún resta ponerle un título a la octava maravilla, pero Lillo ya lo habría sugerido en su intimidad: El Barcelona de Messi.

El compacto más innovador del partido que el Barcelona le ganó 8-0 al Almería sería poder traducir las caras del DT local. Porque cuando Messi hizo el primero, tras una pared con Villa, el técnico se levantó y trató de alentar a los suyos. A partir del segundo de Iniesta, no se movió del banco. El director de cámaras, maldito, parecía ensañarse con el pobre Lillo. El no se movía. Simplemente pensaba y se daba cuenta que su frase de cabecera “un entrenador debe ser como Dios: estar en todos los sitios, pero nunca visible”, no se cumplía. Rogaba para que Lionel y sus compañeros tuvieran compasión. Recién sucedió cuando hicieron el octavo… Antes fue un baile que ni el resultado lo explica. Porque salvo un tiro en el travesaño de Pablo Piatti, con el match 5-0, el Barsa no se dio cuenta que tenía rival. El 74% de posesión de la pelota explica que ni patadas pudo pegar el oponente, apenas una murra del colombiano Vargas, acá, extrañado por Boca y allá con rendimiento de un amateur.

Messi está logrando que las estadísticas sean calientes. Que los números sean adjetivos que ya se han terminado para su juego. Si se toma el año en clubes y Selección, es el goleador con 55 tantos. Si se toma la temporada, está un gol debajo de Cristiano en la pelea por el Pichichi de la Liga. Si se toma el último mes -sí, sólo 30 días-, convirtió goles en los nueve partidos que disputó -contando el golazo a Brasil- y gritó 15 veces. Si se toman los últimos 60 partidos, metió 62 goles. Ah, y ayer pasó los 100 goles en la Liga y es el segundo jugador más joven en conseguirlo (sólo lo supera el eterno Raúl).

Es tan maravilloso que como a uno se lo ocurra medirlo, él sorprende. Metió su octavo hat-trick en su carrera (el primero zurdazo de afuera; el segundo y el tercero, aprovechó sendos rebotes del arquero). Metió dos asistencias (ambas para Bojan). Se quedó los 90 minutos en el campo (Xavi e Iniesta sólo jugaron los 45’ iniciales), sin cargar, tocando de primera, acelerando de cero a cien en apenas veinte metros. Jugó por el centro, como lo hizo en la Selección en el segundo tiempo, saliendo del área para abrirle espacios a los que llegaban. Leo, como casi siempre, eligió el silencio tras otra gran actuación. Antes de retirarse del estadio del Mediterráneo, saludó a Bernardello y apenas sonrió. No tuvo gestos desmedidos, pero llegó a su casa en Castelldefels, un barrio en las afueras de Cataluña, con otra pelota para la colección. ¡Qué maravilla!

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